Suena I Don’t Wanna Wait y el grupo comienza a moverse. Como dice el título de la canción, aquí no se espera. Apenas da tiempo a que Leticia Catalán, la profesora, ponga en marcha el cronómetro. La clase ya está en acción. Sentadillas sencillas y ejercicios aeróbicos que activan el cuerpo. Es solo el calentamiento de la clase de Tonofit, pero el ritmo está claro: aquí se viene a trabajar con energía.

Es viernes, y eso significa clase de intervalos: 40 segundos de trabajo y 15 de descanso. Intervalos cortos e intensos que no dan margen a desconectar. El cronómetro marca el tiempo y Leticia va encadenando ejercicios sin que el pulso baje. Las mancuernas están preparadas en las plataformas de step, donde cada alumna adapta los pesos según sus ritmos. “Vamos, no pares, tú puedes”, se oye entre ejercicio y ejercicio. “Respira. Si necesitas, bajas y vuelves”, repite una y otra vez Leticia. El ritmo es alto, pero siempre con margen para ajustarse sin salir de la dinámica de la clase.

En un grupo de alrededor de veinte alumnos, Leticia no se queda quieta. Recorre la sala mientras observa, corrige y afina cada movimiento. “Espalda recta, mírame aquí, no mires al suelo”. Ajusta una postura, recuerda cómo colocar las manos, insiste en controlar la bajada y en no balancear el cuerpo. Siempre hay que exigirse, pero siempre desde la técnica, porque “mejor hacerlo bien, que hacerlo rápido”. Entre indicación e indicación anima: “¡Fuerte, a por las últimas!” y el grupo responde con más energía.

A medida que pasan los minutos, el esfuerzo se hace más visible y la respiración más presente. No es para menos. Durante la clase están trabajando ejercicios de piernas, trabajo aeróbico, espalda, hombros, brazos y abdominales, sin apenas tiempo para desconectar.

En los breves descansos, cuando la música baja, se oye cómo entre el grupo se comentan las sensaciones, qué parte les está costando más o qué ejercicio se les ha hecho especialmente duro.

En la recta final, el trabajo pasa al suelo. Flexiones, planchas, abdominales. Es el punto más duro de la clase. Cuando la profesora anuncia cuánto tiempo toca aguantar en el siguiente ejercicio, se escapan algunas risas, de esas que salen cuando las piernas ya pesan. “Últimos segundos, no te caigas ahora”, insiste. Y aunque el cansancio ya se nota, nadie abandona antes de tiempo.

Y así llega el desenlace. La música cambia. “Bajamos pulsaciones”, indica Leticia, y el grupo empieza a estirar. De estar al límite a parar. De tensar a soltar. Las pulsaciones se van calmando mientras se alargan piernas, espalda y hombros. Leticia comenta que la mayoría de quienes acuden a la clase son personas adultas, de distintas edades, por encima de 50 bastantes de ellas, que vienen con el objetivo de mantenerse activas y cuidarse; y basta ver cómo terminan la sesión para entenderlo. Tiene mérito esta clase de tanta intensidad.