En la sala tatami del polideportivo suena una música suave. Son las once de la mañana, la luz es tenue y nadie lleva zapatos. Sobre las esterillas, las alumnas se tumban y empiezan a moverse despacio, guiadas por la voz de Javier Goikoetxea. Así empieza la clase de Yoga: con los ojos cerrados, respirando despacio y dejando que el cuerpo empiece a relajarse.

Desde el primer momento, el profesor guía la sesión con la voz. No hace falta que repita los ejercicios una y otra vez: sus palabras marcan el ritmo, invitando a relajarse y a buscar siempre “la postura más cómoda posible”. Habla de moverse desde la consciencia, de escuchar lo que el cuerpo les va pidiendo en cada momento. Las alumnas le siguen con naturalidad, casi al mismo tiempo que él va nombrando cada gesto.

Javier no es un simple observador. Se mueve despacio por la sala, se acerca y corrige una postura, acerca una esterilla a quien no está del todo cómoda y coloca un bloque cuando ve que a una alumna le cuesta sostenerse. Cuando las piernas tiemblan en una postura exigente, se acerca con una corrección mínima, sin invadir el espacio, lo justo para que el cuerpo pueda seguir. “Ponéoslo fácil”, recuerda en voz baja. “Utilizad la mínima fuerza para que el movimiento sea efectivo”. No interrumpe la concentración de la clase: la acompaña, ayudando a que cada cuerpo encuentre su manera más natural de estar y de moverse.

La sesión avanza entre estiramientos, balanceos y posturas que se mantienen durante varias respiraciones. A veces el profesor invita a cerrar los ojos; otras, guía movimientos más precisos: “cruzad los pies, levantad las piernas, sentid el cuerpo como un tronco que se alarga y sostiene el cuerpo”. A una alumna le cuesta una postura y Javier se acerca, le ofrece una cinta y le da un pequeño apoyo. Cuando por fin lo consigue, ella comenta en voz baja que así sí ha podido hacerlo. Él sonríe: “claro, el ser humano necesita ayuda; lo importante es que tu cuerpo ya sabe llegar ahí”.

La clase cambia a ejercicios por parejas y el ambiente cambia. Hay más movimiento, más voces, más complicidad. Las alumnas se ayudan, se corrigen entre ellas y comparten lo que van sintiendo en cada postura. Javier sigue pasando entre los grupos, pero también deja que ellas mismas descubran cómo mejorar juntas cada ejercicio. Se nota que disfrutan la clase y que sienten que están aprendiendo, no solo moviéndose, sino entendiendo mejor su propio cuerpo.

La clase termina como empezó: desde la calma. Las alumnas vuelven al suelo, se cubren con mantas y dejan que la música y los sonidos del mar llenen la sala tatami. El silencio es casi total. Después de una hora de trabajo, fuerza y atención, los cuerpos descansan y la respiración se vuelve tranquila. Son siete mujeres, de más de cincuenta años, activas y concentradas, que salen de la clase siendo las mismas, pero con el cuerpo más suelto, más estable y más vivo.